La plaza de la soledad o la estética del lumpanar.

Una serie de historias se entrelazan sin una línea narrativa definida, más bien se dibuja un retrato de esta serie de personajes, prostitutas y sus galanes quienes nos llevan de tour a un universo que, quizá por salud mental, tenemos la costumbre de pasar por alto. Las imágenes y las entrevistas nos obligan a voltear a ver lo que por lo que miramos con ojos ciegos, prostitutas callejeras quienes han dejado atrás, y por mucho, sus mejores días. Lo más sobresaliente de la película es hacer que un viejo lugar común en el arte de la construcción de los personajes se refiere resulte tan efectivo, es decir, se explota de una manera efectiva el cliché de la prostituta de buen corazón. En ningún momento la película se vuelve tediosa, o difícil de ver como dicen por ahí. El impacto que produce el ver que seres tan dejados de la mano de dios sigan siendo capaces de amar produce un gran espectáculo y se convierte en uno de los rasgos de lo que parece se está convirtiendo en un género nacional: la pornografía de la miseria.


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